Es evidente que el auto-engaño es un mecanismo racional de protección. Racional porque sólo se da en los humanos y de protección porque intenta ocultar una realidad a nuestros ojos y a los de los demás. Además, normalmente es inconsciente. Se habla del auto-engaño como un síntoma de inteligencia. Consiste en engañarse de forma voluntaria ante la evidencia de un riesgo, y si el riesgo se convierte en problema y lo peor sucede, ya lo arreglaremos, mientras no sea así, el sistema aguanta, que es al fin y al cabo de lo que se trata. Ésta puede ser una habilidad muy útil en muchos ámbitos de la vida, por ejemplo en la política y en el ámbito comercial; es muy difícil convencer a alguien de una mentira, aunque sea a medias, si previamente no nos la hemos creído nosotros. También se dice que auto-engaño es sinónimo de auto-confianza.

Un ejemplo económico-político muy claro y reciente es el de la crisis financiera que estamos viviendo. Hace tan solo un año, el gobierno en el poder negaba tanto su existencia, como su aparición en un futuro cercano. Estas son algunas de sus frases al respecto de esa negación, en un reciente programa de televisión: "Yo puedo equivocarme, pero no engañar", "No engañé a los españoles sobre la crisis", "Yo no engañé sobre la desaceleración". No quiero poner en duda sus palabra, más bien me inclino por un auto-engaño inconsciente, puesto que era evidente una situación financiera insostenible en la que tanto las empresas como los particulares estaban sobre-endeudados. No hacía falta ser muy inteligente para ver a tu alrededor personas que vivían, a base de créditos e hipotecas, muy por encima de sus posibilidades; empresas que invertían sin un análisis de los riesgos de la inversión, ni de su retorno. El objetivo de este auto-engaño no era otro que el de ocultar la crisis a la ciudadanía y poder ganar así votos de cara a las elecciones de marzo. Hay que reconocerle una actitud muy inteligente por su parte, porque no solo ganó las elecciones si no que lo hizo muy por encima de las expectativas.

El problema viene cuando en nuestro auto-engaño implicamos a segundas personas. En el ejemplo político que hemos puesto, podemos preguntarnos: ¿qué sucede con las empresas que confiaron en los mensajes enviados desde el gobierno y decidieron endeudarse para crecer y ahora se ven ahogadas por la falta de liquidez?, ¿qué sucede con las personas que decidieron abrir un negocio ante las expectativas de prosperidad que nos presentaban?, ¿qué sucede con los particulares que decidieron solicitar una hipoteca por un bien que un año después tiene un valor un X% inferior (según el INI la X es de 1 pero yo que estoy buscando piso puedo asegurar que en algunos casos llega al 40); muchas de esas familias ahora no pueden pagar su hipoteca porque se han quedado en el paro... Obviamente, el auto-engaño inconsciente del gobierno, a pesar de ser una actitud muy inteligente en su beneficio, se ha convertido, a toro pasado, en una actitud muy deshonesta con los ciudadanos, sobre todo con los que creyeron en sus predicciones.

Esto mismo ocurre con mucha frecuencia en el ámbito profesional, nos auto-engañamos para conseguir nuestros objetivos, pero muchas veces ese auto-engaño conlleva engañar a nuestros clientes, a nuestros superiores, a nuestros compañeros, maquillando la realidad y ocultando los problemas. En ocasiones esta estrategia funciona y conseguimos que el sistema no se desestabilice o que por lo menos no se note mucho. El problema viene cuando, de tantos problemas que hemos ocultado y no hemos querido ver, la bola se ha hecho tan grande que el sistema no aguanta y "la mierda explota", es ésta una expresión muy utilizada y muy gráfica de esta situación. Y cuando explota, el único damnificado no es el auto-engañado si no que muchos engañados son también salpicados. Son los efectos colaterales.

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